¡Enlace copiado!

Hora democrática

Columna Luis Sandin

Las fiestas decembrinas funcionan como un laboratorio social involuntario. Entre sobremesas prolongadas y confesiones que solo emergen en el espacio familiar, se vuelve visible un rasgo inquietante de nuestra época: una parte significativa de nuestra generación parece no haber cruzado del todo hacia la adultez democrática. No se trata de conservar gustos lúdicos ni de cultivar afectos nostálgicos, —eso sería trivial— sino de algo más profundo y políticamente relevante: el fenómeno Kidult como coartada emocional para evadir la responsabilidad histórica de ser adulto. Este fenómeno resulta inofensivo mientras opera como fantasía privada; se vuelve problemático cuando aspira a sustituir la realidad.

En ese espacio discursivo prospera una premisa tan repetida como cómoda: “el cambio está en uno mismo”. La frase funciona bien en la retórica del bienestar y en los mercados de la motivación personal,sin embargo, en la práctica opera como un desvío conveniente: desplaza el problema hacia el individuo y absuelve a quienes toman decisiones que afectan a millones.
Mientras el ciudadano intenta ajustar su actitud, la corrupción se administra como política de Estado. La especulación financiera rara vez enfrenta consecuencias y las economías extractivas profundizan la desigualdad. Cuando la ética personal pretende sustituir a la acción colectiva, deja de ser una virtud y se convierte en una coartada.

Ahí se inserta el Kidult, no como villano, sino como síntoma. Vive en la frontera entre la comodidad y la renuncia. Se burla de la responsabilidad, relativiza el esfuerzo y mira con ironía la vida pública. Circulan memes sobre cenas familiares donde alguien exige una herencia anticipada o anuncia que no piensa sacrificarse porque “no vino a este mundo a sufrir”. Negarse a la adultez se ha vuelto una afirmación identitaria. Renunciar al compromiso ya no se percibe como fracaso, sino como gesto de autenticidad.

Conviene, sin embargo, introducir una distinción necesaria. No todo repliegue hacia el bienestar personal implica evasión cívica, ni toda crítica al sacrificio es una forma de renuncia. En un país atravesado por precariedad laboral, violencia estructural y promesas sistemáticamente incumplidas, decir “no vine a este mundo a sufrir” puede ser una respuesta sana frente a un orden que exige heroísmo cotidiano sin ofrecer reciprocidad. En ese sentido, el Kidult no es solo un síntoma de abandono: también puede expresar una forma de resistencia pasiva frente a un modelo de adultez asociado con explotación, corrupción y cinismo institucional.

El problema no es conservar lo lúdico ni buscar paz interior. El problema surge cuando ese repliegue se convierte en la única política posible y desplaza cualquier forma de acción colectiva. Cuando el cansancio legítimo deriva en despolitización permanente, la evasión deja de ser refugio y empieza a operar como hábito.

No estamos ante una extravagancia generacional, sino ante un fenómeno político con efectos institucionales. 2026 será un año decisivo para México: mostrará si la consolidación institucional se traduce en gobernabilidad democrática o en normalización sin contrapesos. La diferencia es sustantiva. La gobernabilidad democrática exige límites efectivos al poder y una ciudadanía dispuesta a incomodar; la normalización, en cambio, se sostiene en la costumbre, en decisiones que dejan de discutirse porque se han vuelto previsibles.

En ese umbral, la participación importa menos por su volumen que por su densidad cívica. Obligar a votar no equivale a formar ciudadanos. Llevar a las urnas a quienes han renunciado a ejercer conciencia política no fortalece a la democracia; puede erosionarla. Un voto sin contexto es terreno fértil para el autoritarismo emocional, el populismo de soluciones inmediatas o la compra de voluntades. La democracia necesita votos, pero sobre todo necesita sujetos que sepan por qué votan y a quién exigir cuentas.

La evasión sistemática tiene consecuencias. El repliegue prolongado no solo mantiene al margen a quien lo practica: sin proponérselo, fortalece aquello que dice detestar. La injusticia no se corrige con decretos interiores. No se detiene la corrupción desde un mantra. No se enfrenta el poder ignorándolo.

Esto no es un alegato contra el disfrute ni contra la nostalgia. No hay daño alguno en conservar aquello que nos dio alegría. El riesgo aparece cuando esa identidad se convierte en coartada para la inacción, cuando se abandona la adultez justo cuando más se necesita. Ser adulto no es renunciar a lo lúdico; es aceptar que el mundo no se ordena solo porque encontremos paz interior. Que la política no es terapia. Que el poder no se evapora porque lo neguemos.

El Kidult no es el enemigo. El problema es cuando su evasión se convierte en costumbre colectiva. Ahí la democracia no se rompe: se vacía. Y cuando el vacío se normaliza, el poder deja de necesitar justificación. Empieza, simplemente, a gobernar solo.