Frente a la escalada entre potencias militares en los desiertos de Oriente Medio, la presidenta Claudia Sheinbaum eligió un terreno menos ruidoso que las explosiones pero mucho más estratégico, es decir, apelar a la Constitución.
Desde Baja California Sur, la líder mexicana reiteró que el país se rige por la no intervención, la autodeterminación y la proscripción del uso de la fuerza. No es una frase decorativa, sino un posicionamiento de nivel regional.
Hoy, América Latina tiene dos polos con peso propio, México y Brasil. Por eso, junto a Luiz Inácio Lula da Silva, Sheinbaum encarna una dupla que puede marcar tono en el hemisferio. Brasil aporta músculo geoeconómico y liderazgo sudamericano, México, la conexión entre América del Norte y el sur global.
No son actores menores, son representantes de las dos mayores economías latinoamericanas y tienen capacidad de interlocución con Washington.
El mensaje que se manda hacia la región es que América Latina no tiene por qué alinearse automáticamente a bloques militares ni convertirse en eco de conflictos ajenos.
Puede, en cambio, reivindicar una diplomacia propia basada en el derecho internacional y la solución pacífica de controversias.
La importancia de Sheinbaum no radica solo en la retórica de paz, sino en el momento. México es socio comercial central de Estados Unidos y, aun así, sostiene autonomía en dos posturas. Eso redefine el margen de maniobra regional.
Si Lula representa la voz del sur continental, Sheinbaum proyecta la del puente geopolítico. Juntas, Brasilia y Ciudad de México, envían la América Latina no es espectadora pasiva, sino que puede equilibrar el eje global.