La selección mexicana derrotó por un gol a Corea del Sur y el país entero se reencontró con la fuerza que le dio origen hace dos siglos: el Grito compartido. Todos los mexicanos se encontraron hermanos por una misma emoción: encontrar una victoria que se incruste en el ánimo nacional.
En esta escena de comunión, nos encontramos con una pausa emocional frente a una vida pública atravesada por el ruido, la tensión y la incertidumbre.
El gol mexicano, anotado por Luis Romo por un error del portero sucorcoreano, Seung-gyu Kim, fue el epicentro de un alivio colectivo. Luego del triunfo, las calles, los hogares, las plazas y en los restaurantes, la celebración fue protagonista.
La victoria mexicana no canceló las diferencias entre los ciudadanos, pero por un momento las hizo más ligeras. De esta manera, podemos recordar que, a pesar del sufrimiento y la polarización política, los mexicanos somos una potencia mundial de la alegría, la pertenencia y la esperanza.
México vive hoy días intensos, presiones desde la Casa Blanca, debates sobre seguridad, funcionarios puestos en duda, conflictos sociales y políticos que buscan el poder el próxmo año. Pero el gol mexicano trasciende esas fisuras y se instala en el corazón nacional para movilizar a todos bajo una sola bandera.
El fútbol no resuelve lo que la política deja ir, pero sí ofrece una emoción común para los de izquierda y los de derecha. Los jugadores convierten, durante noventa minutos y los festejos posteriores, al fútbol en un idioma que todos comparten y entienden. Bastó una jugada, un gol y una bandera para que millones sintieran que México podía reconocerse sin pelear consigo mismo.
Todo este contraste deja, sin duda, una lección. La alegría no borra las deudas nacionales, pero demuestra que somos capaces de unirnos en una sola voz, la misma que nos liberó hace 200 años, y que hoy acompaña las grandes deudas nacionales del poder para con la gente. Si México puede organizar una emoción colectiva alrededor de un balón, es totalmente capaz de construir acuerdos sobre la paz, la justicia y un futuro digno para los que vendrán.
México ganó y eso importa. Importa porque el triunfo llega en casa, a ritmo de mariachi, en un Mundial que coloca al país ante los ojos del mundo. El triunfo es relevante porque fortalece el ánimo colectivo y permite imaginar, aunque sea por una noche, una nación menos dividida y más segura de sí misma. Importa porque la esperanza le pone orden al sentimiento nacional.
La victoria deja una reserva moral, una energía nacional y una señal que, más allá del desencanto y los problemas, vive en un país cuya identidad aún es motivo de fervor y unidad. México ganó en la cancha y esto le dio razón a millones para juzgarse menos y confiar más en lo que, sumados, somos capaces de hacer.