Y esa distinción es la que precisamente parece haber ignorado Marine Le Pen, dirigente de la ultraderecha francesa, quien durante un acto político celebrado en Orleans advirtió que impediría la supuesta “mexicanización” de Francia.
La política francesa, en el escenario de las elecciones presidenciales de 2027, utilizó la presencia de los cárteles del narcotráfico como argumento para promover medidas de seguridad más severas y el reconocimiento de organizaciones criminales como terroristas.
Sin embargo, encontró una respuesta firme desde Palacio Nacional.
La presidenta Claudia Sheinbaum consideró que Le Pen estaba “mal informada” y reivindicó la honestidad, el amor, la solidaridad y la fraternidad como valores que distinguen al pueblo mexicano.
Decía el escritor francés Albert Camus que “nombrar mal las cosas es añadir desgracia al mundo”, frase que hoy más que nunca es pertinente y utilizable, porque el nombre de nuestra nación se utilizó como recurso para alimentar temores electorales.
México enfrenta desafíos indiscutibles en materia de seguridad y delincuencia organizada. Negarlos sería irresponsable. Pero utilizar esos problemas para desacreditar a todo un país constituye una simplificación igualmente cuestionable.
La seguridad pública merece propuestas serias, no generalizaciones que alimenten prejuicios durante las campañas electorales.
Sheinbaum defendió una distinción fundamental, donde dejó en claro que los problemas de México no definen la totalidad de su identidad, mucho menos la dignidad de sus habitantes.
Y sí, Francia tiene derecho a debatir su seguridad y decidir su futuro político, pero convertir el nombre de otro país en una etiqueta de desprestigio resulta inadmisible, y más viniendo de una sociedad que es clave dentro del desarrollo de la humanidad.
Pero lo que no esperaban, era que la presidenta de México terminará poniendo las cosas en su lugar.