Dice el viejo refrán que “más pronto cae un hablador que un cojo”, y Vicente Fox parece empeñado en demostrar que veinte años son suficientes para que una indiscreción presidencial termine por abrir las heridas de uno de los episodios electorales más controvertidos de la historia contemporánea de México.
Las declaraciones que el expresidente realizó para un medio español tienen una dimensión política extraordinaria, especialmente cuando reconoce, con una naturalidad desconcertante, que trabajó para garantizar la victoria de Felipe Calderón en 2006 y mantener al Partido Acción Nacional en Los Pinos.
“Hice que ganara Calderón, aunque no es muy democrático decir eso”, expresó Fox, como si la intervención de un presidente en la sucesión presidencial fuera una travesura administrativa y no un asunto de enorme gravedad institucional.
La declaración adquiere mayor trascendencia al recordar que Calderón fue declarado vencedor frente a Andrés Manuel López Obrador por una diferencia de apenas 0.56 puntos porcentuales, en una elección marcada por impugnaciones, movilizaciones y acusaciones de fraude.
La presidenta Claudia Sheinbaum encontró en esas palabras un reconocimiento que, a su juicio, respalda las denuncias históricas de una operación electoral destinada a impedir la alternancia.
Sin embargo, conviene distinguir entre la admisión de una intervención política y la demostración jurídica de una manipulación de votos. La primera está documentada en las propias palabras de Fox; la segunda requiere pruebas específicas.
Lo verdaderamente inquietante es que quien llegó a la Presidencia prometiendo consolidar la democracia reconozca haber trabajado para condicionar su sucesión, colocando la permanencia partidista por encima de la neutralidad institucional.
Y si algo merece esclarecerse, dos décadas después, es hasta dónde llegó aquella intervención presidencial.
La democracia mexicana merece conocer toda la verdad sobre 2006, pues cuando un expresidente presume haber decidido quién debía sucederlo, la pregunta inevitable es cuánto espacio dejó realmente a la voluntad ciudadana.
Vicente Fox llegó a Los Pinos como el hombre que prometía enterrar las viejas prácticas del poder y hoy, veinte años después, sus propias palabras amenazan con convertirse en el epitafio de aquella promesa democrática.
Quiso pasar a la historia como el presidente de la alternancia, pero sus declaraciones lo colocan frente a una contradicción monumental, al haber celebrado la democracia que lo llevó al poder y admitir que intervino para decidir quién debía sucederlo.