Faltan dos días para que México enfrente a Inglaterra en la Copa del Mundo y se dispute jugar unos cuartos de final por primera vez en cuatro décadas, un momento de extrema tensión y valor para el alma nacional. Y es justo hoy, cuando vale la pena hacer un llamado sencillo y profundo a la afición mexicana, el de celebrar con alegría, sí, pero también en paz.
El fútbol tiene una fuerza social extraordinaria, así lo hemos visto. Reúne a las familias, barrios, plazas y ciudades enteras alrededor de una misma emoción. Cuando México juega, no sólo rueda la pelota sino que también se mueve nuestra identidad, nuestra memoria y el orgullo que nos sostiene en momentos difíciles.
Es por eso que desde una visión humanista y, también desde la transformación, la fiesta debe ser de todas y de todos los mexicanos. La alegría no puede convertirse en miedo ante el caos en las calles, el festejo no debe terminar en violencia, destrozos o accidentes o, como ocurrión en Ciudad de México, en la pérdida de vidas.
Debe quedarle claro a todos que una victoria de la Selección debe dejar abrazos, canciones y esperanza, no calles dañadas ni familias lastimadas.
Nuestro país merece celebrar como un pueblo consciente, con entusiasmo, pasión y una bandera en la mano, y, al mismo tiempo, con respeto al espacio público, a las autoridades y al reto de los ciudadanos. Es necesario vivir la emoción sin arriesgar la integridad física o emocional de las personas.
Este domingo 5 de julio, frente a los ingleses y frente al Estadio Azteca, salgamos a apoyar con el corazón encendido y la conciencia tranquila. El orgullo nacional debe escucharse a través del mundo, y también la madurez de una sociedad que sabe convivir.
Esperemos que México triunfe en la cancha, y en las calles gane la paz, porque la verdadera fiesta popular es un pretexto para unirnos y cuidarnos los unos a los otros.