Viernes 31 de julio de 2026
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TINTA DE LA CASA

Harfuch llegó hasta quien dio la orden del asesinato de Carlos Manzo
Quienes crecimos viendo los noticieros mexicanos conocemos perfectamente la escena: la música de última hora, las camionetas entrando a toda velocidad, una mesa cubierta con armas y un detenido presentado con iniciales, apodo y mirada hacia el suelo.

El conductor hablaba de un “golpe contundente” y uno se iba a dormir con la impresión de que ahora sí el crimen organizado había quedado herido de muerte.

A la mañana siguiente aparecía otro jefe, otra célula y, si había suerte, hasta otro apodo más creativo.

Así hemos pasado buena parte de nuestra vida viendo caer a pistoleros, operadores y halcones, mientras el negocio criminal encontraba reemplazos con completa eficacia.

Por eso la captura de Ramón Ángel “R1”, señalado por las autoridades como presunto autor intelectual del asesinato del alcalde Carlos Manzo, tiene un peso distinto. La investigación no se detuvo con quienes habrían participado directamente en el crimen, sino que avanzó hasta llegar al hombre al que se atribuye la orden.

Naturalmente, falta que esa acusación sobreviva a los jueces, pero alcanzar al presunto autor intelectual ya coloca el caso en otro terreno, porque durante años las investigaciones solían detenerse en quien sostenía la pistola.

El cine y las series llevan décadas recordándonos que los villanos con verdadera jerarquía casi nunca disparan. Vito Corleone no lo hacía y Gus Fring tampoco. Para eso estaban los subordinados, al fin más reemplazables y mucho más fáciles de exhibir frente a una hilera de armas decomisadas.

En la vida real ocurre algo parecido, porque un homicidio como el de Carlos Manzo no comenzó cuando alguien apretó el gatillo, sino mucho antes, en conversaciones, seguimientos y órdenes.

Reconstruir ese camino exige inteligencia y coordinación, siendo ahí donde empieza a notarse el trabajo de Omar García Harfuch al frente de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana.

Y ojo, no porque la violencia haya desaparecido ni porque México haya amanecido convertido en una Suiza con tacos varios y de carne asada, sino porque su estrategia parece menos interesada en coleccionar capturas vistosas y más enfocada en reconstruir las estructuras que hacen posibles los delitos.

Por el caso Manzo ya han sido detenidas decenas de personas presuntamente relacionadas con el crimen.

Ahora aparece el “R1”, señalado como quien habría tomado la decisión principal. Si la Fiscalía consigue sostener esa acusación ante los tribunales, la investigación habrá recorrido una distancia que durante mucho tiempo parecía inalcanzable: de quien ejecutó el crimen a quien presuntamente lo ordenó.

Eso también explica por qué Harfuch ha construido una imagen distinta a la de otros secretarios de Seguridad. Su reputación proviene de investigaciones que avanzan y expedientes que buscan conectar los crímenes con quienes los organizan.

Quienes crecimos viendo aquellos noticieros aprendimos a desconfiar de los “golpes históricos”, porque casi siempre llegaba otro igual la semana siguiente.

La diferencia es que ahora no sólo cayó quien presuntamente participó en el crimen, sino quien habría decidido que debía cometerse. Y por una vez, el detenido de la fotografía no parece otro reemplazo, sino el hombre que puede explicar por qué ocurrió todo lo demás.


La bendición de Marina que descolocó a Bonilla
Michel Foucault sostenía que el discurso no es simplemente aquello que traduce las luchas de poder, sino aquello por lo que se lucha y mediante lo que se ejerce el poder.
 
Quizá por eso la frase que terminó marcando la conferencia mañanera de Marina del Pilar no fue la relacionada con los audios, los presuntos enlaces con el FBI o el nuevo episodio de su confrontación con Jaime Bonilla. Fue una bendición.
 
"Desearle paz, que Dios lo bendiga", respondió la gobernadora cuando nuevamente le preguntaron por el exmandatario. La expresión pudo escucharse como un gesto de serenidad o incluso de inspiración religiosa, pero en política las palabras rara vez son inocentes. También delimitan posiciones, envían señales y, en ocasiones, modifican el terreno donde se libra una disputa.
 
La gobernadora recordó las expresiones de la presidenta Claudia Sheinbaum y de Ariadna Montiel, dirigente nacional de MORENA, sobre la importancia de preservar la unidad del movimiento, una referencia que la coloca públicamente dentro de la línea política que MORENA ha buscado proyectar frente a sus diferencias internas.
 
Y es justó ahí donde la bendición adquiere otra dimensión. Y hay que ser claros, lo hace no porque resuelva el conflicto con Jaime Bonilla ni porque borre las preguntas que siguen abiertas alrededor de los audios o de aquella reunión.
 
Tampoco porque implique una reconciliación entre dos personajes cuya relación política parece haber llegado a un punto sin retorno.
 
Lo relevante es que la respuesta dejó de girar exclusivamente alrededor de las acusaciones para trasladarse al terreno del significado político.
 
Desearle paz a un adversario evita el insulto, pero también transmite la idea de que quien mantiene vivo el enfrentamiento es el otro.
 
Pedir que Dios lo bendiga permite responder sin elevar el tono y, al mismo tiempo, proyectar una imagen de contención en un momento en el que la dirigencia nacional insiste en privilegiar la cohesión del partido por encima de las disputas personales.
 
Hay un viejo principio de la lucha libre mexicana que todos los mexicanos sabemos por ósmosis cultural, y radica en que el rudo siempre busca que el técnico pierda la paciencia. En el momento en que responde con el mismo golpe, ya sea un pierrotazo o un foul, deja de pelear como técnico y acepta las reglas del rival, entonces se habrá convertido en la propia irá a la que enfrenta.
 
Por eso, esta vez Marina pareció apostar por la lógica contraria. No abandonó el ring, pero tampoco aceptó disputar la pelea en los términos que le planteaba el exgobernador.
 
Las interrogantes de fondo seguirán intactas y sin respuesta definitiva, al menos a la brevedad, por lo que su resolución dependerá de evidencias y no sólo de discursos y descalificativos.
 
Quizá por eso, más que responder a Jaime Bonilla, Marina pareció disputar algo mucho más importante: el derecho a elegir el lenguaje con el que terminará contándose este episodio.
 
Porque, como advirtió Foucault, el poder no sólo se ejerce desde las instituciones, también desde las palabras con las que una historia termina siendo recordada.
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