Lunes 10 de agosto de 2026
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TINTA DE LA CASA

Da Burgueño el golpe de autoridad
La imagen de más de cinco mil personas reunidas en la Unidad Deportiva Mariano Matamoros alrededor de Ismael Burgueño dejó una señal política difícil de ignorar dentro de MORENA en Baja California.

Burgueño no solamente está apareciendo arriba en distintas encuestas rumbo a la coordinación estatal de los Comités de Defensa de la Transformación. Empieza también a mostrar algo que ninguna medición puede fabricar por sí sola, con capacidad de convocatoria, presencia territorial y un respaldo que se percibe en la calle, que es donde más importa.

Ese elemento comienza a colocarlo en una posición distinta frente al resto de los perfiles que buscarán competir por la conducción política del movimiento en el Estado.

Su fortaleza, además, no se ha construido desde la confrontación interna. Burgueño ha insistido en la unidad, en la continuidad del proyecto y en cerrar filas alrededor de la Cuarta Transformación, fórmula que dentro de MORENA puede resultar mucho más rentable que una guerra anticipada entre aspirantes, como ya ocurre entre algunos. Y es que en política, crecer sin romper suele ser más difícil que crecer golpeando.

Y por ello, lo ocurrido en Mariano Matamoros adquiere otra dimensión cuando se mira hacia adelante, porque una convocatoria de ese tamaño proyecta capacidad de movilización, organización y conexión con una base que tendrá un peso determinante cuando llegue el momento de las definiciones.

Burgueño empieza así a construir alrededor de su nombre una sensación política particularmente poderosa, con la que se pone al frente en el proceso, sin necesidad de dividir al movimiento para conseguirlo.

No es un secreto que la combinación comienza a tomar forma. Va arriba en las mediciones, consigue reunir a miles, mantiene un discurso de unidad y su nombre encuentra cada vez mayor eco entre quienes observan la sucesión gubernamental que viene en Baja California.

Burgueño acaba de poner la vara, así que mientras otros todavía buscan cómo posicionarse, él ya está entrando en una etapa distinta, y no la de alcanzar a alguien, sino la de obligar a los demás a correr detrás de él.
Sheinbaum reivindica a quienes la historia dejó atrás
Que un paso entre el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl siga llevando el nombre de Hernán Cortés, más de quinientos años después de la Conquista, dice mucho sobre la manera en que México aprendió a contar su propia historia.

Por ello, la propuesta de Claudia Sheinbaum para rebautizarlo como Paso de los Pueblos Indígenas aparece como parte de una revisión que durante los últimos años ha intentado devolver presencia pública a comunidades que durante siglos quedaron relegadas no solamente del relato nacional, sino también del desarrollo, la representación y el acceso efectivo a derechos.

El saldo histórico es difícil de discutir, y nadie puede poner en tela de juicio que los pueblos originarios padecieron despojo, sometimiento y exclusión desde la Conquista, con una marginación que no terminó cuando México se convirtió en una nación independiente. Persistió durante generaciones y terminó convirtiendo a muchas comunidades indígenas en algunas de las más pobres, aisladas y desprotegidas del país.

Desde esa perspectiva, recuperar nombres también tiene un significado político, social y de empoderamiento. La Calzada México-Tenochtitlan sustituyó a Puente de Alvarado, la llamada Noche Triste comenzó a leerse también como una victoria de la resistencia indígena y ahora la geografía vuelve a entrar en esa revisión histórica con el Paso de Cortés.

Sheinbaum ha mantenido una posición consistente sobre este tema desde antes de llegar a Palacio Nacional. Su planteamiento no consiste en borrar la presencia española de la historia mexicana, sino en equilibrar una narrativa que durante demasiado tiempo privilegió a los conquistadores y dejó en segundo plano a quienes estaban aquí antes de su llegada.

México no necesita desconocer su pasado español para reconocer su raíz indígena, necesita asumir que durante siglos una parte de su historia tuvo más monumentos, calles y nombres que la otra.

Cambiar el Paso de Cortés no salda cinco siglos de deuda, pero sí modifica algo que durante demasiado tiempo pareció intocable, y es el de quién tiene derecho a nombrar la memoria de México.