México no necesita que le expliquen lo que significa un terremoto porque lo ha vivido demasiadas veces y sabe muy bien lo que ocurre cuando una ciudad se sacude, se interrumpen las comunicaciones y la incertidumbre comienza a recorrer familias enteras.
Por eso, cuando la presidenta Claudia Sheinbaum expresó que México se pone a disposición para apoyar a Colombia, sus palabras tuvieron un peso distinto al de una fórmula diplomática de rutina.
Sin más, la mandataria eligió una posición prudente, sin anuncios espectaculares ni promesas adelantadas, pero dejando claro que el gobierno mexicano permanecerá atento y dispuesto a responder.
Es una manera de ejercer la solidaridad que también dice algo de su estilo, porque Sheinbaum suele privilegiar el dato, y, frente a una emergencia de esta naturaleza, evitó especular sobre daños que todavía estaban siendo evaluados.
Primero conocer la dimensión de lo ocurrido y después actuar en función de lo que Colombia requiera. Su cautela no le resta humanidad al mensaje, al contrario, coloca la ayuda mexicana sin protagonismos.
Y es que México tiene, además, una memoria difícil de separar de los terremotos. En 1985 fueron los propios ciudadanos quienes salieron a remover escombros con lo que tenían a la mano, mientras que en 2017 volvieron las brigadas, los voluntarios, los médicos, los rescatistas y la gente común ayudando como podía.
Con los años, esa reacción terminó incorporándose a nuestra manera de enfrentar las tragedias.
Sheinbaum representa ahora institucionalmente a ese México que también ha recibido solidaridad del exterior y que ha sabido devolverla enviando especialistas y rescatistas cuando otros países los necesitan.
Su mensaje hacia Colombia puede parecer sencillo, pero está respaldado por absoluta solidaridad, algo que los mexicanos conocemos demasiado bien.