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TINTA DE LA CASA
Sheinbaum y el peso de la historia
El Grito de Independencia tiene una dificultad política particular, más allá de pararse frente a cientos de miles de mexicanos que están en un estado eufórico por celebrar al país.
El Grito es una ceremonia tan arraigada en la memoria mexicana que cualquier presidente puede encabezarlo, pero resulta mucho más difícil imprimirle una identidad sin apropiarse de algo que pertenece al país.
Claudia Sheinbaum transitó por esa línea durante las celebraciones del 15 y 16 de septiembre.
La presidenta conservó el ritual reconocible de Palacio Nacional, pero introdujo elementos suficientes para dejar una lectura propia de la historia y, al mismo tiempo, del México que su gobierno quiere representar.
La arenga fue el centro de todo, y junto a Hidalgo, Morelos, Josefa Ortiz, Leona Vicario, Vicente Guerrero, Gertrudis Bocanegra y Guadalupe Victoria apareció Antonia Nava, “La Generala”.
Después vinieron los pueblos indígenas y afromexicanos, los migrantes, la dignidad, la libertad, la igualdad, la justicia y la democracia.
Los nombres que un presidente incorpora o retira del Grito nunca son políticamente neutros, y constituyen una selección de la memoria nacional, pero Sheinbaum amplió esa selección histórica colocando a las mujeres y a grupos tradicionalmente relegados del relato oficial en un espacio de enorme exposición simbólica.
En cuanto a la puesta en escena, ésta la acompañó sin intención sin desplazar la fiesta, con una escolta integrada por mujeres que le entregó la Bandera Nacional, mientras que representantes de pueblos originarios, afromexicanos y migrantes participaron por primera vez en la conducción de la ceremonia.
A su vez, Intocable y los demás artistas hicieron del Zócalo lo que también debe ser cada 15 de septiembre, con una plaza popular.
Y es ahí donde estuvo probablemente uno de los mejores equilibrios de la noche, donde el Palacio conservó la solemnidad y abajo estaba la calle, la música, la pirotecnia y esa mezcla inevitable de ceremonia republicana y verbena nacional.
En cuanto al desfile del día siguiente, Sheinbaum habló de un México que “no se doblega, no se arrodilla y nunca se vende” y sostuvo que el país jamás será colonia ni protectorado de nadie.
Sheinbaum dejó una celebración bastante definida, dándole el peso a las mujeres en la historia, diversidad en el balcón, fiesta en la plaza y soberanía en el discurso.
Fue su manera de dar el Grito y México le reconoce y se lo aplaude.
Burgueño y la altura de miras
En el fondo, el quehacer de la política habla mucho de unidad y bastante menos de lo que cuesta ejercerla, sobre todo cuando las circunstancias no salen exactamente como se esperaban.
Ismael Burgueño llegó al desenlace del proceso de MORENA con razones para sentirse competitivo.
Durante meses, el alcalde con licencia de Tijuana estuvo en la conversación pública, con varias encuestas y estudios que llegaron a colocarlo por encima en las encuestas internas de su partido.
Llegó con fuerza propia y, cuando la decisión favoreció a Julieta para ser elegida como coordinadora de la Defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional en Baja California, Burgueño respondió con auténtica altura de miras, un concepto que escasea bastante en las arenas políticas.
Por ello, habría que destacar que no hubo pataleo, mensajes encriptados con jiribilla ni esa vieja costumbre de proclamar unidad mientras se afila el cuchillo. Al contrario, hubo concordia.
“Primero felicitar a nuestra compañera, ya coordinadora electa, Julieta Ramírez, porque ganó la encuesta”, dijo Burgueño.
Después llamó al cierre de filas y colocó al proyecto por encima de cualquier cargo al que pudiera aspirar.
Y eso es precisamente la altura de miras, al entender que reconocer a otro no significa empequeñecerse.
Por eso, Burgueño conserva peso propio, gobierna Tijuana y permanece como uno de los actores relevantes de MORENA en Baja California.
Sin embargo, es imposible que no aparezca el contraste incómodo.
Tras haberse tomado la decisión en la CDMX, en el entorno del proceso circuló la versión de que Eva María Vásquez habría amagado con abandonar MORENA, al no ser favorecida con la decisión.
De ser cierta, la amenaza resultaría políticamente reveladora, y sería difícil conciliar un discurso de pertenencia a un proyecto colectivo con la posibilidad de abandonar ese mismo proyecto porque la encuesta no entregó el resultado esperado.
En sí, la convicción que depende de una candidatura se parece demasiado poco a una convicción. Un partido tampoco puede convertirse en traje hecho a la medida de cada aspirante: conmigo es democrático; sin mí, deja de serlo.
El politólogo italiano Norberto Bobbio explicaba la democracia a partir de reglas que establecen quién puede tomar decisiones colectivas y bajo qué procedimientos.
Así que el verdadero examen comienza precisamente cuando esas reglas producen un resultado distinto al deseado. Ahí se distinguen la disciplina de la conveniencia, la institucionalidad del berrinche y el proyecto político de la simple aspiración personal.
Julieta Ramírez obtuvo la coordinación, pero Burgueño hizo algo políticamente más inteligente que fabricar una crisis… la reconoció, cerró filas y siguió caminando.
No se hizo pequeño para que Julieta creciera, simplemente entendió que tener altura de miras significa mirar más allá del siguiente cargo.