El cumpleaños de Claudia Sheinbaum Pardo llegó con una carga política que no es celebrar a una persona, sino leer una figura política que ha trasciende las fronteras nacionales.
La presidenta de México representa, en primer lugar, una ruptura con la historia de México al ser la primera mujer en la Presidencia luego de décadas de hombres que decidieron los destinos del país. Ese valor simbólico no ha pasado desapercibido, sobre todo en una nación donde las mujeres vivieron al margen.
Su tiunfo colocó a México ante una imagen muy poderosa, la de una mujer científica de izquierda que se formó en la administración pública, y que fue respaldada por una mayoría aplastante.
Sin embargo, el valor político de la presidenta no se agota en el tema del género. Vale la pena revisar cómo a nivel internacional Sheinbaum es observada como una dirigente técnica, sobria y disciplinada, distinta al estilo carismático de Andrés Manuel López Obrador.
A pesar de sus diferencias con su antecesor, la presidenta es heredera directa de su proyecto de nación, y su reto ha sido el de dar continuidad y dar resultados, especialmente en temas torales como la lucha por el bienestar del pueblo mexicano.
Claudia Sheinbaum encarna una nueva etapa de la Cuarta Transformación, centrada en lo institucional y en el desarrollo de la administración pública en busca de que México crezca en materia de seguridad, justicia, bienestar y eficacia de las instituciones gubernamentales.
En su cumpleaños, y con miras a cumplir el primer tercio de su sexenio, Sheinbaum confirma que su liderazgo será medido por el cambio histórico y la capacidad de éste de convertirse en una forma de gobernar que prevalezca en el tiempo.
