El aumento de los precios, la presión sobre los salarios y el deterioro de los servicios públicos llevaron este sábado a distintos sectores de la sociedad francesa a manifestarse en las calles. La jornada reunió a estudiantes, trabajadores, agricultores y jubilados, y marcó una nueva aparición de los chalecos amarillos, el movimiento que sacudió el primer mandato de Emmanuel Macron.
La convocatoria, difundida bajo el nombre “Amarillos y Jóvenes”, buscó reunir demandas que habían tomado fuerza por separado. A las inconformidades económicas se sumaron críticas por la actuación policial durante las protestas estudiantiles iniciadas a finales de septiembre.
“Hoy hay un punto de convergencia de muchas rabias, todas legítimas y todas más o menos conectadas”, declaró a la AFP Florine Pigny, una tatuadora de 36 años que vive en los suburbios de París. La manifestante expresó preocupación por el futuro de su hija y por las condiciones de los servicios públicos.
En Guéret, en el centro del país, unas 300 personas participaron en una concentración en la que aproximadamente una cuarta parte eran estudiantes de secundaria. Entre los asistentes, un funcionario identificado como Franck describió las dificultades para cubrir sus gastos: “A finales de mes ya no me queda nada, los precios suben pero los salarios no. No podemos más, nos ahogamos”.
El encarecimiento del combustible desde el inicio de la guerra en Oriente Medio figura entre los motivos del descontento. La movilización también ocurre mientras el gobierno intenta obtener respaldo parlamentario para un presupuesto de 2027 que contempla un ajuste fiscal de 54 mil millones de euros.
Enfrentamientos y detenciones en distintas ciudades
Las marchas tuvieron presencia en París, Lyon, Nantes y Rennes, entre otras ciudades. Aunque hubo manifestaciones pacíficas, en algunos puntos se registraron enfrentamientos, daños materiales e irrupciones en edificios públicos.
En la plaza de la República de París, desde donde partieron movilizaciones, personas enmascaradas lanzaron objetos contra las fuerzas de seguridad, que respondieron con gases lacrimógenos y un cañón de agua. La policía también intervino en concentraciones no autorizadas, incluida una cerca del Palacio del Elíseo.
Las autoridades habían prohibido las manifestaciones en lugares estratégicos como los Campos Elíseos. En Marsella y Lille, algunos participantes ingresaron a los ayuntamientos; en la primera ciudad fue derribado un busto de Marianne, símbolo de la República Francesa.
Hasta las 15:00 horas, el Ministerio del Interior reportaba 272 personas detenidas en el país. La cifra corresponde a ese corte de información y no al balance definitivo de la jornada.
El regreso de los chalecos amarillos reabre el debate sobre la respuesta policial
La participación de los chalecos amarillos recordó las protestas de 2018 y 2019, originadas por el incremento previsto de un impuesto al combustible. Aquellas movilizaciones estuvieron marcadas tanto por destrozos y saqueos como por lesiones graves entre manifestantes durante las intervenciones policiales.
En esta ocasión, el ministro del Interior, Laurent Nuñez, advirtió que las fuerzas de seguridad podrían utilizar granadas aturdidoras ante disturbios urbanos. Su uso había sido restringido durante las recientes protestas estudiantiles después de que un joven perdiera una mano.
Macron había pedido el viernes “a la calma” y sostuvo que el “derecho a manifestarse” debe ejercerse con “respeto”, sin “insultar” ni “romper” nada.
La jornada también profundizó las diferencias entre las fuerzas políticas de cara a la elección presidencial. Marine Le Pen acusó a la izquierda de aprovechar el malestar: “La extrema izquierda tomó de nuevo como rehén las reivindicaciones sociales legítimas”.