A estas alturas resulta más interesante mirar qué está haciendo Omar García Harfuch que volver a contar quién es.
Y lo que ha anunciado en las últimas horas dice bastante, gracias al trabajo que comanda como titular de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana.
En la Ciudad de México cayó José Ángel “N”, alias “Don Flaco”, requerido por Estados Unidos y señalado por las autoridades como coordinador y financiador de una estructura dedicada al traslado de precursores químicos desde China hacia México y Estados Unidos.
En Mazatlán fue detenido “El Peli”, identificado como operador de una facción de “Los Chapitos”. En Puerto Peñasco fueron capturadas siete personas y liberadas tres víctimas, en un operativo donde además aparecieron más de 40 armas largas, ametralladoras, explosivos y miles de cartuchos.
A eso se suman seis cateos en la capital del país y el aseguramiento de unas 13 toneladas de tabaco ilegal.
Si se juntan los puntos, las últimas jornadas resultan bastante más interesantes que la simple suma de detenidos.
Un presunto financiador que movía precursores desde China, un operador relacionado con la logística y los recursos de Los Chapitos, un arsenal capaz de sostener una pequeña guerra y toneladas de mercancía ilegal.
Son negocios distintos, estados distintos y personajes distintos, pero todos terminan hablando de lo mismo: el crimen organizado necesita dinero, proveedores, armas, rutas y gente que mantenga funcionando cada engrane.
Ahí es donde Harfuch está metiendo la mano y no necesariamente con la espectacularidad de aquellos operativos donde todo México esperaba saber qué capo había caído, sino siguiendo el rastro de quienes pagan, abastecen, trasladan, almacenan y administran.
“Don Flaco” resulta particularmente ilustrativo, porque si las acusaciones que pesan sobre él se sostienen, estamos hablando de alguien señalado por ayudar a alimentar desde atrás una cadena internacional de drogas sintéticas.
Por lo pronto, Harfuch está dejando que los operativos hablen por él.